“Te lo juro”, debió implorar Bush. “Será el último”. Así, como pidiendo comprensión, la misma que pide el borracho para que le sirvan una última copa en la barra. O la misma que se ruega para sí un incipiente ludópata frente a una tragaperras.

Así es el último plan de Bush. ¿Hasta qué punto la victoria demócrata en las cámaras garantiza un cambio de rumbo? ¿Confundimos en Europa, como pasó con el fiasco Kerry, el deseo con la realidad?

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