El Grupo de Estudio sobre Irak que comanda el veterano James Baker publicará un informe en el que recomienda el diálogo con Irán y Siria, pero no expresa una fecha concreta para la retirada de las tropas. Ni siquiera recogerá, por lo visto, un calendario  para una marcha progresiva.

La gran interrogante es si la Casa Blanca y el Pentágono van a seguir las recomendaciones de esta comisión a la hora de determinar el futuro de la presencia estadounidense en el país árabe.

Y de esta pregunta, surgen a vuelapluma otras dos que requieren una no menos urgente respuesta: ¿Qué efectividad real puede tener la participación de Damasco y Teherán en el  diverso, cambiante y cainita pelaje del orbe guerrillero y de la resistencia que opera en Irak? ¿Verdaderamente debemos confiar en que Siria será capaz de calmar la insurgencia suní y que la influencia de Irán es decisiva en la ‘alimentación’ de los grupos de orientación chií? ¿Es la participación extranjera funadmental para para o cuando menos atemperar los episodios de la llamada violencia sectaria? ¿Se trata de una mera cuestión de bando? ¿de una filiiación bien definida que estructura la insurgenciay diseña su estrategia?

Por otra parte, si la Comisión de Estudios no quiere beber del idealismo neocon, debería justificar la permanencia de las tropas de la colaición sobre una batería de objetivos bien fundados. Tan fácil y tan difícil al mismo tiempo como plantearse una pregunta esencial. Seguimos, vale, pero ¿para qué? ¿y es ese para qué el mismo en el norte que en el centro o en el sur del país?

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