La Junta quiere que en 2008 el 30% de los desplazamientos en el área metropolitana de Sevilla se realicen utilizando un medio de transporte público. En paralelo a la puesta en marcha de la línea 1 del Metro, previsiblemente para otoño de ese año y tras dos de retraso sobre las consideraciones iniciales, parece ser que será también una realidad una red de 77 kilómetros de carril bici a lo largo y ancho de la capital sevillana, sin que quede muy claro, no obstante, cómo se engarzará con los cordeles y vías reservadas al peatón y al ciclista en la corona metropolitana.

En concreto, la realización del carril bici sevillano ha supuesto una merma clara de las plazas de aparcamiento en superficie en la ciudad, pues la construcción del reservado para bicicletas está borrando, cuando no lo ha hecho ya, las zonas habilitadas para estacionar el vehículo en zonas como Reina Mercedes, la Ronda de Capuchinos o el mismo Paseo de las Delicias. Es más: en algunos casos, como la propia Ronda o las inhóspitas y frías avenidas de La Cartuja, el carril bici se ha montado sobre en lo que otrora era todo un carril de paso para vehículos privados.

Hace poco, un ayuntamiento del Aljarafe y la Junta acordaron cerrar, de un plumazo, todo un puente de conexión con la capital, de esa Sevilla que, desvirtuando el principio de indivisibilidad absoluta de la materia, tiene al Guadalquivir irreconocible, hecho trocitos, pero marcando bien la frontera de la urbe. Hasta donde se sabe, pues, aún no se han inventado los coches que sean capaces de discurrir sobre el agua. Y eso que el Guadalquivir podría ser una buena autovía. Todo un carril del Quince, haciendo más aguas que la defensa del Betis.

El otro día, inopinadamente (sí, inopinadamente pues no mediaba ni obra ni accidente) se produjo todo un señor atasco de diez kilómetros en la SE-30. Todo es escuchar la ración diaria del boletín de retenciones con que nos empieza a margar el día Radio 5 y apostar a un 1 fijo por la SE-30. Padece de trombosis crónica, oiga.

Parece lógico que la gente, con este estado de cosas, se pregunte si el alto coste del presente bien merece un futuro mejor. Pero, claro, no es precisamente la paciencia una de nuestras virtudes.

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