Por si no teníamos suficiente con el paisaje desolador de las urbanizaciones, estas Navidades nos han ofrecido, como gran nota destacada, un elemento más para la uniformidad. Así, de sopetón y sin anestesia. Y es que uno da un paseo por el campo de cemento del Aljarafe y no para de contar papanoeles escalando balconadas, ventanales y ventanucos, que haberlos haylos, sobre todo en la cuota pisística de 75 m2 a 300.000 euros. Como el gordo de Santiponce, oiga.

Pues sí. Ese es el panorama de estas Navidades de clima suave,  hasta el sol picaba no exento de mala leche al mediodía del 25-D,  también en las umbrías calles perfectamente asfaltadas de la hilera de casas, igualitas todas ellas y con el papanoel de marras anunciando que la Navidad ya está aquí y que cada vez llega antes.

En realidad, sólo hay que esperar a que las, más que nunca en estas fechas, socorridas tiendas de todo a cien, se pongan a hacer de diciembre su particular agosto y tirar de tarjeta en sus cash and carry preferidos para llenar la cesta de ese objeto que alguien, no se sabe dónde ni quién, decidió que iba a dar la nota en las Navidades. Y a fe que lo ha conseguido. Desde finales de noviembre, sin exagerar.

Ya para La Purísima quedaban pocas casitas, y aun elevados pisos, sin su querida mascota: un papanoel que se pasa por los huevos el disimulo y que, debido a las grandes dimensiones que alcanza el fetiche, puede confundirse fácilmente con un caco en plena escalada, sobre todo si es de noche y el observador lleva más de una copa en el cuerpo. ¿Por qué no nos advierte la DGT o la censuradora ministra Salgado de estos efectos secundarios?

Además, parece que este San Nicolás nórdico le gana a pasos agigantados la batalla a los lentos y burocráticos Reyes Magos en el imaginario colectiv. Más que nunca tras la imposición de esa advenidiza moda papanoeliana que establece que hay que repartir obsequios de todos los colores en la noche más buena del año. ¿Para qué esperar ya a la Epifanía de esa terna de antediluvianos que vienen de Oriente?

Debe ser un efecto más de la globalización: Papa Noel se vende en internet, procede del flexibilísimo mercado asiático y las tiendas chinas florean por doquier, se subasta en ebay, tiene un Google Rank del carajo, está arribita del todo en Technorati y su blog tiene millones de Ips al día.

Es más: las cartas y peticiones de regalos que recibe pueden descargarse en pdf en numerosos enlaces, ha dejado el trineo en su garage y ahora vuela rápidamente en compañía barata. Y mientras, Gaspar, Melchor y Baltasar caminan a lomos de sus famélicos camellos por esos desiertos de dioses diversos, a un repique de sufrir un atentado terrorista, resultar víctimas de un bombardeo selectivo de los aliados o, simplemente ser desvalijados por la guerrilla.

Así es la vida. También la doble velocidad del mundo afecta, miren por donde, a los Reyes Magos, en un entorno donde la magia está en declive porque todo está al descubierto a golpe de ratón, y en donde el matasellos de Correos sigue estando a años luz del sms. No vean cómo se maneja Papá Noel con su Blackberry.

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