Una de las cosas que más me ha llamado la atención del último atentado de ETA ha sido su aparente previsibilidad. De hecho, una de las reacciones que más vengo escuchando entre propios y ajenos es que sabían que “esto iba a ocurrir”.

Sinceramente, temo que me muevo entre gente o, que bien tienen capacidades adivinatorias, o que su presunta lógica cartesiana y sus conclusiones a la luz de ajustadísimos análisis, les llevaban a único resultado: ETA volvería a matar. Es más: no conformes con la generalidad de la conclusión, estas personas se atrevían incluso a pronosticar un tiempo: “más pronto que tarde”, afirman ahora. O, mejor dicho, reafirman ahora, a posteriori, lo que ya advirtieron “en su día”.

Así que a la vista de las circunstancias y de las reacciones generalizadas a la furgoneta bomba etarra, estoy por pedirles un favor a estos futurólogos de nuevo cuño: que me acierten el número ganador de la Lotería del Niño. Total, ya puestos…

Reacciones lindantes con la estupidez al margen, lo primero que había que hacer en la mañana del 30 de diciembre era condenar tajantemente el atentado. Y punto. Porque, cuando la misma policía aún busca los despedazados cuerpos de las dos víctimas de esta acción terrorista, intentar establecer cómo va a ser el futuro parece cuando menos un ejercicio arriesgado. Es muy pronto para saberlo. Y lo es porque el mismo Gobierno aún no ha dado por oficialmente roto el llamado proceso de paz. Es muy pronto también porque no tenemos comunicado de ETA, lo que deja traslucir la existencia de divisiones no superficiales en la banda. Y es muy pronto también porque, como desde hace tiempo ya, la sociedad vasca sigue rechazando en una abrumadora mayoría la violencia como medio de hacer política.

Claro, como es difícil para los analistas de oficio predecir el futuro más allá de la presunta intuición de que esto iba a pasar, nos encontramos con la circunstancia de que es el pasado lo que adquiere valor. Pero enfrentar al terrorismo por medio de la palabra no requiere de una constante mirada atrás, que viene seguida habitualmente por una retahíla cansina de reproches mutuos.

Dentro de esta vuelta al pasado, se enmarca la estrategia de culpar al gobierno de lo que ha pasado en la Terminal 4 de Barajas. La política de baja altura a la que nos tiene acostumbrado el PP, también, por desgracia, en materia antiterrorista, no debe ser enfrentada por el gobierno acusando sistemáticamente a la oposición de torpedear el proceso de paz. El Gobierno es el gobierno. Y, cuando se produce un atentado terrorista hay que estar con el gobierno y no con los terroristas. Máxime, cuando la comparecencia del presidente fue un ejercicio de prudencia sobre el futuro y cuando el presente está pleno de información sobre el atentado y sus consecuencias.

La ausencia de violencia es una conditio sine qua non para empezar a hablar
. Está claro que ETA ha dinamitado esta autolimitación y que los hechos, hoy por hoy, y con dos nuevas víctimas mortales de esta barbarie, están por encima de las palabras. Por eso, en estos momentos de tribulación y tristeza, unas dosis de serenidad serían enormemente positivas porque el objetivo sigue siendo, paradójicamente, que las palabras estén por encima de los hechos. Es lo que, actualmente y en un tema tan sensible como el terrorismo, requiere el sentido de estado, pues ninguna democracia se entiende sin diálogo y sin entendimiento.

El Gobierno debe seguir construyendo la paz. Es más necesario que nunca que lo siga intentando, haciendo oídos sordos a los augurios infundados para recibir con los brazos abiertos y desde la racionalidad, cualquier apoyo al proceso. Venga de donde venga.

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