Un amigo me plantea esta mañana: ¿Están los fiscales hartos de las cascadas de denuncias por presuntos delitos urbanísticos y de corrupción que se cruzan los partidos políticos?

La pregunta es interesante, pero dejaría de ser estremecedora si no fuera porque tiene una respuesta afirmativa. Y porque, por encima de las posibles repercusiones que tiene este juego político, lo verdaderamente importante es más el mismo hecho de denunciar que el hecho denunciado.

ETA ha sido tradicionalmente un elemento central de la política informativa. No resulta difícil encontrarse diariamente con una decena de páginas dedicadas a la banda en los periódicos, un gran número de sites de internet y de blogs dándole vueltas al asunto o muchos minutos de radio y televisión rellenos a base de las acusaciones mutuas que protagonizan los partidos.

El caso es comparable a la presunta alarma social que se origina con los presuntos delitos de corrupción que se reparten por toda la geografía. Pero conviene preguntarse hasta qué punto la polémica partidista en torno al gran tema ETA o al gran tema Corrupción Urbanística penetra en el universo de preocupaciones sociales.

Me parece que hay mucha confusión en el análisis y que hay una realidad sobreconstruida que tiene poco que ver con el paisanaje cotidiano de las personas. Es más: los medios construyen realidades que luego no tienen tanta influencia social como parece.

¿Cómo se entiende, entonces, que un alcalde denunciado o incluso procesado obtenga mayoría absoluta en la concurrencia electoral posterior a la denuncia? ¿Por qué un delito denunciado sobre la base de determinadas pesquisas realizadas por el denunciante tiene que convivir con una avalancha de denuncias o querellas mal planteadas y sin fundamentos dando la sensación de que, alterando los términos, todo el mundo es culpable hasta que se demuestre lo contrario?

La expiral de judicialización de la vida política no se entiende sin la repercusión mediática que tienen estos hechos. Es el juego de la eterna sospecha: basta con denunciar para que el denunciado, con independencia del fallo judicial –que ya llegará– cargue con el insidioso peso de que es sujeto activo de un delito de corrupción.

Cualquier denuncia tiene hoy el alimento de los medios, lo que ciertamente desdibuja la frontera entre la denuncia legítima, la fundamentada, la necesaria en pro de la transparencia en la gestión, y la denuncia claramente partidista, la que se utiliza políticamente una vez que está en manos de la Fiscalía, con independencia de que ésta la deseche al cabo de unas semanas o meses. Da igual: el daño está hecho, el denunciante se ha encontrado inopinadamente con cancha mediática y cree que eso le otorgará réditos políticos. Y otra vez dará igual: como importa más el acto denunciante que el fundamento o hecho denunciado, la sentencia carecerá de valor si el denunciado no es declarado culpable o si las elecciones ya han pasado.

Pero una cosa parece clara: la cancha mediática no es casi nunca directamente proporcional a resultados positivos en unos comicios. Y me parece que esto no lo saben muchos concejales o candidatos que creen que sus sospechas convertidas en denuncia les otorgará cuotas de poder.

Es cierto que la sociedad se ‘mancha’ de los mensajes catastróficos de los medios: desde la gripe aviar hasta las “oleadas invasoras” de inmigrantes, los incuantificables robos en urbanizaciones, pasando por la violencia escolar, el mismo terrorismo o el cataclismo de las reformas estatutarias. Pero no todo es lo que parece.

Hasta el punto de que, afortunadamente, una realidad mediática construida a base de periodismo declarativo, de luchas intestinas en el seno del poder político, de mensajes de la cúpula de los partidos a su prole, de continuos ensarzamientos partidistas, de crónicas sensacionalistas sobre los recientes sucesos de Alcorcón o sobre la quema de cajeros en cualquier ciudad de Euskadi, tiene menos efectos sobre los receptores de los mensajes de lo que parece.

Por eso, contrariamente a lo que algunos creen, esa realidad sobreconstruida no tiene un correlato de tintes drásticos sobre la vida normal, sobre la gente de a pie, sobre los consumidores de mensajes mediatizados. De lo contrario, estaríamos todos traumatizados y viviendo en el peor de los mundos posibles.

Así que se me ocurren dos vacunas contra la tendencia al susto: relativismo y escepticismo.

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