La insoportable levedad del ser: el conjunto de círculos de suma cero en que se traducen las contradicciones humanas. Suma cero en el caso de un sistema judicial que parece, al menos en la cúspide, intoxicado políticamente. El malicioso círculo se traduce en una cada vez más diluida separación de poderes. El legislativo, legisla; el ejecutivo, ejecuta; pero el que decide en última instancia es el Judicial. Y, miren, no me parece mal.

Pero sí me crea bastante inquietud que depositemos en unos señores -cual consejo de sabios- la potestad de decidir qué es o qué no es constitucional. Máxime cuando estos señores son en gran parte resultado de una designación política. Con ello, indirectamente, el que decide en última instancia no es el poder judicial, sino otro tipo de poder. Lo grave de todo esto es que el procedimiento le gana la partida al contenido. Miren ustedes: algo es constitucional o no lo es.

Lo que resulta impresentable es que la constitucionalidad de lo debatido se resuelva en relación a un baile indisimulado de mayorías de magistrados en una sala de un tribunal. Insisto: nada es medio constitucional o medioinconstitucional. Y, por supuesto, es tremendamente grave que lo que hace seis meses pudo ser constitucional, ahora no lo sea en virtud de una recusación. O, siguiendo con este dilema inacabable, lo que ahora parece no ser constitucional, lo sea dentro de unos días si el recusado se marcha y otro magistrado lo sustituye.

¿Qué significa todo esto? Básicamente, que se llega a tal grado de paroxismo en el que parece juzgarse más la legalidad de la propia Constitución que la constitucionalidad de la Ley. Y, sinceramente, este me parece un movimiento bastante peligroso.

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