Por defecto y no por exceso. En esta apostilla radica uno de los grandes fallos de la legítima negociación emprendida por el Gobierno con la banda terrorista ETA para intentar lograr una paz que la sociedad española viene reclamando desde hace ya cuarenta años.

La paz y el fin del terrorismo etarra, por marginal que haya parecido en las últimas fechas, son condición sine qua non para que España siga ganando en prosperidad. Y también para que España dé el salto de relevancia y calidad necesarios para ser potencia de primer nivel en el plano internacional.

Objetivos tan loables requiere de medios y procedimientos que deben estar sustentados en la cesión. Y aquí radica el pecado original del presidente del Gobierno: en su incapacidad para desligarse de los sectores más tradicionalistas de su partido y de su escasa valentía para no agotar la negociación, entrando de camino en la trampa tendida por una oposición que, a todas luces, ha sido desleal en un problema de primera magnitud para todos los ciudadanos.

Así, Zapatero, en lugar de sentarse en serio con los terroristas y negociar (perder algo para ganar mucho), mantuvo una política de medias tintas y llena de oscurantismo por miedo a resultar perjudicado en las urnas. Es decir, que el presidente del Gobierno ha caído irremediablemente en la trampa que le ha tendido el PP.

Y, a modo de profecía autocumplida, primero dejó que los contactos se diluyeran, después sufrió el golpe de Barajas y después dio, con un sinquerer queriendo, vencedor al PP en la batalla de los discursos. Evidentemente, esto el PP lo sabe y se siente espoleado porque la cosa funciona, como lo demuestran las cifras globales de los últimos comicios locales.

Así que el fallo del Ejecutivo ha estado en el defecto. Zapatero se ha quedado corto en la negociación y ha tenido miedo de seguir adelante, por mor de sufrir un revés electoral. De este modo, el desagraciado coletazo de violencia del 31 de diciembre puede verse seguido como consecuencia de otros episodios terroristas igual o más de grave.

De hecho, Zapatero y sus enviados se volvían cada vez más timoratos conforme los episodios de violencia en las calles del País Vasco se incrementaban. En un devastador efecto catalítico, los violentos se escudaban en la falta de progresos en la negociación y Zapatero echaba cada un freno mayor a las conversaciones conforme la quema de cajeros o las pintadas amenazantes volvían a estar de actualidad tras la declaración de alto el fuego de ETA de marzo del año pasado.

Con el transcurso del tiempo, la palabra negociar se ha ido llenado de contenido espúreo. Lo que al principio, con la declaración de la tregua, sonaba como una canción perfumada, como una condición que había que asumir para lograr la paz, en los últimos meses, la misma Ejecutiva del PSOE -insistimos, pensando en la última y en las próximas convocatorias electorales- ha ido expresando al presidente que era bueno poner la marcha atrás y dejarse de concesiones, en lo que constituía otro paradigma de la “victoria ideológica” del PP en el asunto del terrorismo de ETA.

Curiosamente, la paz, que, a priori podía entenderse desde una óptica partidista, como beneficiosa para el ejecutivo de Zapatero, fue transfigurándose en una odiosa piedra en el zapato de un presidente acobardado ante las embestidas del PP, que poco a poco ha ido logrando su objetivo: que ETA tuviera centralidad informativa, a través de maniobras de sobra conocidos por todos: desde el empleo de los medios de su órbita para lanzar acusaciones difamatorias contra el presidente hasta espolear a sus organizaciones civiles para montar, una semana sí y otra también, manifestaciones en contra de la supuesta cesión que Zapatero estaba realizando a los forajidos de ETA, Navarra incluida.

Además, toda esta argamasa discursiva pivotaba sobre una curiosa nebulosa del pasado, disfrazando de una bondad sin límites los intentos en su día del PP de alcanzar un acuerdo con los terroristas y demonizando cualquier conato del gobierno actual por llegar a un entendimiento.

En realidad, todo nace del mismo tronco: el mismo que brota de una raíz discursiva que mezcla sin pudor una supuesta conspiración de varios elementos para desalojar al PP del Gobierno el 14-M, el terrorismo etarra y la presunta ruptura de España (¿es que nadie se acuerda ya de esa famosa cantinela de Acebes y compañía?) con un claro objetivo, no precisamente pequeño: insistir en la deslegitimación del gobierno de Zapatero, quien, bajo esta cosmogonía, fue llevado a la Moncloa por obra y gracia de los terroristas, a los que hay, por tanto, que recompensar justamente. Y esto es, en consecuencia, lo que ha llevado al Gobierno a ceder al chantaje etarra, según han venido subrayando estos apocalípticos.

Con la declaración del fin del alto al fuego, al Gobierno no le queda otra que velar por la seguridad de todos y cada uno de los demócratas. Esto es, adoptar una postura defensiva, toda vez que hace tiempo que perdió la iniciativa. El coste puede ser alto, en parte por la arquitectura de la nueva ETA, pero en gran parte también porque faltó coraje y valentía para ceder. Y , sobre todo, para hacerlo conforme a patrones puramente democráticos, tal y como cedió el PP, sin que nadie, entonces, le afeara su actitud, pues todos queríamos (y queremos) la paz.

 

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