La comparecencia de Rajoy tras el encuentro de Moncloa: una homilía, una misa atiborrada de grandes ejes programáticos, tan inconcretables como moralizantes. Grandilocuentes palabras dentro de la manida retórica anti-ETA para insistir en dos ideas fuerzas destinadas a empujarlo hacia el sillón de la Presidencia del Gobierno.

Primero, que se compromete con todos los españoles a luchar por el fin del terrorismo. Con estas declaraciones tan inasibles y que caen por su propio peso, Rajoy echa mano de la rentable estrategia de Sarkozy: apelación a la moral y a la cultura de los grandes principios porque nadie, absolutamente nadie que se autodefina como hombre bueno, como hombre decente, puede estar en contra de esta premisa. De la cultura del esfuerzo sakozyniana al compromiso-mandato que Rajoy se arroga de “los 40 millones de españoles que quieren la paz”.

¿Cuál es el punto de coincidencia? Sin duda, la necesidad. Mejor dicho, la inevitabilidad de su concurso (el de Sarkozy en pro de la refundación de Francia y el de Rajoy en pro de la consecución de una paz duradera) para lograr los fines esperados por todos. La coordinada y la abcisa coindiden en un punto: la participación mesiánica de Rajoy para poner fin a los disparates del gobierno de Zapatero en la lucha/negociación/cesión/ renuncia con la banda terrorista. Como mesiánico es el concurso de Sarko para arrebatar a Francia de los complejos del 68.

La segunda idea fuerza de Rajoy tras su entrevista con el presidente del gobierno tiene que ver con un apoyo al Gobierno sin condiciones establecidas. Rajoy insiste en esta idea en su discurso y en las respuestas a los periodistas. ¿Por qué? Por un lado, porque sabe que un fallo en la ‘codificación’ por parte de la sociedad española ante un atentado puede volverse en contra del PP si el ataque del PP al gobierno  a Zapatero es demasiado explícito en momentos de tribulación. En segundo lugar, porque en Génova se sabe que insistir en las condiciones harto propagadas en discursos anteriores provoca un ruído, una interferencia, en un momento donde la gente aún está digiriendo el golpe del fin declarado del alto el fuego por parte de ETA. Y porque el PP es consciente de que le ha ganado en dos ámbitos a Zapatero: en el discurso y, por supuesto, en la iniciativa.

¿Para qué, entonces, agobiar al pueblo otra vez con la retahíla de condiciones de sobra conocidas por todos y que son anatema para el PP en materia de política antiterrorista? Bastará, interpretan, con que Zapatero se desangre él solito en la arena y como consecuencia de sus inexcusables fallos, para que Rajoy enseñe a todo el mundo sus manos inmaculadas en las próximas elecciones generales.

Y esto es posible, al menos de momento, porque -insisto- Moncloa ha perdido la iniciativa y se ha plegado al discurso y a las condiciones de la derecha. Rajoy lo sabe y no quiere enseñorearse con ello. Total, ya no hace falta.  Por eso, tras el encuentro de Moncloa, Rajoy se puso el disfraz de diplomático: atempera su discurso, se muestra dialogante y hace exhibición de flema. ¿No les recuerda a la actitud de Sarkozy en último debate televisivo contra Segolene Royal?

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