Creo que Occidente tiene un problema de percepción que nace al identificar islamismo con terrorismo. Evidentemente, esto le crea un dilema cuasi ontológico:elegir entre la vía de la democracia islamista u optar por el apoyo a dictaduras laicas. Claro, esta obligada selección tiene una raigambre histórica, pero posee una componente etnográfica importante y dramática. ¿Por qué dramática? Porque origina conflictos. Los problemas surgen cuando se impone la dialéctica del dominio, que emana a su vez de la falsa concepción a la que nos referíamos antes. De modo que, o las cosas salen a nuestro gusto o, sencillamente, no salen. Y, si no salen o se desbaratan, será mediante el empleo directo de nuestra fuerza o azuzando una dinámica de conflicto para que se cumpla la lógica del domino. Es decir, que cuanto peor, mejor.


No hace falta que demos nombres ni que refiramos prohombres de esta malévola lógica que se materializa en el Medio Oriente con una pasmosa frecuencia, desde los tiempos de los Hermanos Musulmanes al genocidio argelino, pasando por la vista gorda en Marruecos o en el Egipto actual. Y, si queremos, sumémosle el interesado apoyo dado en su momento a Arafat como big stick del islamismo en la asfixiada Palestina, por no hablar de la vergonzosa y consentida ambigüedad de los amigos de Riad o los coqueteos con la dinastía hashemita desde hace ya cincuenta años. Amén, claro, del ominoso abrazo a las barbaridades de Sadam Husein con ocasión del contencioso mantenido entre Bagdad y Teherán.

Son sólo algunos ejemplos del modus operandi de las democracias libres y occidentales para con sus desaventajados alumnos del Mediterráneo oriental.

Cabe preguntarse si de este camino fallido se puede extraer una conclusión. Afirmativo: hay que llevar la lógica del dominio hasta sus últimas circunstancias. ¿Cuál es el procedimiento? Lo dicho, desbaratar las cosas que no nos gustan, como es niño travieso que estrella el mecano contra el suelo cuando se enfada porque no termina de convencerle cómo ha colocado las piezas.

La filosofía es empezar de cero. ¿Cómo? derrocando regímenes que ya no convienen (Irak), alentando la disidencia supuestamnte democrática contra esa teocracia que se mantine el poder desde hace 30 años (Irán), coqueteando con quien puede convrtire en un nuevo aliado (Siria) que sumar a los regímenes amigos -con independencia de su espíritu democrático, no es lo importante en estos casos- (la tradicional Arabia, los Emiratos, Jordania, Egipto, Turquía) y observando desde una medida cercanía como se prende la mecha del conflicto interno allí donde las condiciones son propicias, con los casos paradigmáticos de Palestina y Líbano. Todo ello con la intención de allanar el terreno para la “necesaria” intervención exógena con fines, claro, netamente “pacificadores” (no creo que Israel necesite muchas excusas para intervenir en Gaza, sobre todo tras el varapalo libanés del pasado verano y la llaga aún ardiente de las conclusiones del Vinograd).

De modo que si uno echa la vista al encallado conflicto irakí, a la tensísima situación en Líbano o a lo nubarrones que se ciernen sobre los territorios ocupados, no resulta muy difícil encontrar rasgos similares. Con la diferencia de que donde se quiere ver guerra civil entre facciones irreconalcaciliables, con la religión como gran arma política en los tres casos, no resulta descartable un movimiento claramente intencionado que casa con la lógica del dominio: la premeditada balcanización de Oriente Medio. Sus consecuencias en el medio plazo son impredecibles; sus causas, un tanto confusas. Los resultados, a día de hoy, no pueden ser más nefastos, con una tendencia al empeoramiento: la destrucción de la estructura estatal no hace sino fortalecer a esos grupos que se pretende combatir. Es lo que tiene la lógica del dominio para el elefante occidental, mientras alguien encuentra una solución al problema epistemológico planteado al principio del texto.

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