Sabemos por Alfred Marshall que la oferta se para cuando el coste de adquisición de un producto o
servicio es igual o inferior al de producción. Y que, por su parte, la demanda se frena cuando la
satisfacción psicológica que nos produce un determinado producto o servicio es equivalente a la
que nos ofrece un tercero con un coste menor. ¿Cuál es entonces el punto donde coinciden la coordenada oferta
y abcisa demanda? Bingo: en el precio.

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Fíjense en el señor de la foto (está muy pixelada, lo sé). Sentado plácidamente a la sombra junto al Casino de la Exposición de Sevilla, a la espera de que la demanda de aparcamiento crezca. Pero
es que casi siempre, y más en verano, la demanda es decreciente. ¿Qué puede ofertarnos entonces este hombre cuando sobran los otrora milimetrados espacios para aparcar? Es muy posible que el propietario de un
vehículo no ofrezca ninguna recompensa al ‘ordenador’ de aparcamientos, dada la presencia de amplia superficie para aparcar, por lo que no necesita de ninguna intervención, digamos, exógena. Pero es tan posible como probable que el ofertante, conociendo la escasez de la demanda, no multiplique fuerza por
movimiento para realizar un trabajo que, supone, no va a ser recompensado.

Así que hace bien el hombre en aplicarse la ley del mínimo esfuerzo. Ganará menos, pero también trabajará
menos, aunque, eso sí, aprovechará el ‘coste de oportunidad’ que le propicia esa fabulosa sombra en la
que se encuentra cómodamente situado. Este hombre no ha hecho ningún Master Business Administration para
darse cuenta de que, en el estío, la lógica de la escasez –de aparcamientos, en este caso- es reemplazada por la lógica de la abundancia –de superficie ‘aparcable’-. Ahora bien, el sujeto no piensa hacer ningún curso de reciclaje profesional. Ya llegará septiembre para administrar el espacio disponible, cuando la demanda sea implacable y el metro cuadrado valga oro.

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