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En su recientemente presentado libro Cartas a un joven español, el ex presidente Aznar recomienda a un mozo que se mueve en el mayor de los anonimatos que huya del relativismo como de la peste. Hete aquí otro gran punto de coincidencia entre Aznar y Benedicto XVI.

Política y religión, ya ven, no disimulan su alambicado mestizaje en Occidente. Sus visiones interesadas del mundo y de la vida se coaligan cuando se trata de perseguir metas comunes o de enfrentar al enemigo.

Probablemente estemos ante otro ejemplo palmario de un gran montaje: la crítica a la con-fusión entre política y religión, entre vida pública y ámbito privado, que desde las democracias liberales se suele echar en cara a los islamistas que pretenden, con mayor o meno fortuna, hacerse con el poder en todo el Medio Oriente y en una extensión cada vez mayor del continente africano.

La denuncia del dogmatismo está protagonizada, pues, en Occidente, por pro-hombres del liberalismo que, casualmente, arremeten contra el relativismo, disfrazando así su casi nunca declarada condena al esceptiscismo, el agnosticismo, la laicidad, el republicanismo e incluso la democracia.

En Cartas a un joven español, Aznar le recomienda al objeto de sus consejos que se olvide de la duda. Y que se acoja a esos grandilocuentes cimientos sobre los que se construye la civilización “verdadera”: A saber, la fe -cristiana por supuesto- y la nación. Es decir, la religión, la cultura y la política.

Con ello, nuestro recordado ex presidente recomienda que las potencias desarrolladas, ricas, democráticas y capitalistas de Occidente se acojan al endemoniado modelo que desde 1979 viene practicando Irán. O, incluso (por qué no, debe pensar nuestro ex mandatario), una pequeña dosis de dogmatismo político y de fundamentalismo religioso no deben estar nada mal si la economía funciona bien y nos hacemos ricos. Tal es el caso, por ejemplo, de Arabia Saudí, la gran y paradójica aliada de quienes propugan la lucha contra la metástais del yihadismo internacional.

Amén de las proclamas de Aznar, ahora recogidas en otro de sus recomendables libros, me ha llamado la atención unas declaraciones del cardenal de Sevilla, Carlos Amigo Vallejo. Al fin y al cabo, él es Iglesia y a la Iglesia se debe. Pero su tradicional discurso moderado y tolerante ha sufrido un revés con ocasión de unas jornadas sobre católicos y vida pública. “Tenemos derecho a participar en la vida pública”, ha comentado el purpurado. Bastaría más… pero siempre que no se realice desde una perspectiva y con unos objetivos de imposición.

La Iglesia tiene todo el derecho del mundo a mostrarse como ideología, pero no se puede permitir el lujo de imponerla en la vida pública. Hable usted, pero no mande.

Claro que, cuando Benedicto XVI abre el fuego contra el relativismo, al que culpa -curioso- junto con el consumismo, el capitalismo, en ocasiones la política, también la ciencia y hasta el arte, de los males del mundo, lo que está haciendo es mostrando la insatisfacción que le produce que el dogmatismo religioso no guíe el devenir de las sociedades contemporáneas.

Con todo, la religión no puede ser descartada a la primera del debate público. Debe estar en punta de lanza. No me gustan los mensajes que pretenden relegarla a los confines más íntimos de cada uno, sino que debe ser volcada en la vida pública para ser sometida a crisis y a debate a cada momento. La sociedad debe tener derecho a replantearse las cosas, con independencia de que las confesiones mantengan sus dogmas a ultranza.

De hecho, el gran “suelo” de las sociedades, que hoy es la democracia, fue antecedido durante muchos siglos por la religión. Por eso, no debe sacarse de la vida pública a la ligera. Eso sí, abordar este debate exige, cómo no, una gran dosis de relativismo y de escepticismo, las mismas armas que emplearon los hombres contra los males emparentados con del positivismo científico.

De ahí que el joven, español o no, no necesite de recetas nacionalistas y fundamentalistas, sino de una verdadera actitud crítica ante el mundo que le ha tocado vivir.

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